¿Y tú por qué te apuntaste a la carrera?

13 de junio de 2017


Hoy, de camino a casa, venía leyendo la última novela de Xavier Bosch, Nosotros dos. Así a grandes rasgos, la historia trata sobre la relación de amistad entre un chico y una chica desde que se conocen en la universidad hasta la edad adulta. La verdad es que la idea me atrajo mucho y, además, me encanta la frase que encabeza la sinopsis: «¿Es posible la amistad entre un hombre y una mujer?». ¡Yo soy firme defensora de que sí, claro que es posible! Y espero que esta sea una de esas historias que lo reflejan, aunque llevo muy poquito como para haberlo descubierto a estas alturas.

Pero mejor voy a lo que me ha hecho abrir el blog para escribir después de... ¿un mes, un mes y medio?, que como siempre me voy por las ramas... Iba yo enfrascada en la lectura, me había teletransportado por completo a la Barcelona del año 1983, cuando de repente descubro —y qué sorpresa más agradable me he llevado— que Kim y Laura, los protagonistas de la novela, estudiaban Traducción e Interpretación en la Universitat Autònoma. [Siempre me hace especial ilusión cuando encuentro referencias a la figura del traductor o del intérprete en una novela porque creo que no es algo muy habitual. Del que más me acuerdo es de Luca, porque #TranslatorsAreSexy, todo el mundo lo sabe, sobre todo cuando nos pasamos dos días seguidos en pijama y vagando del despacho al lavabo, del despacho a la cocina...] Cuando Kim y Laura empiezan a conocerse, se preguntan mutuamente por qué han elegido estudiar esta carrera, a lo que Laura responde:

—Lo tenía claro desde segundo de BUP. Me encantan los idiomas... Inglés, francés, italiano... Tengo facilidad para ellos. ¿Y sabes por qué me matriculé? Pensé que siendo intérprete tienes que conocer forzosamente a gente interesante y seguro que aprendes muchas cosas. También pensé que me gustaría ser periodista. Me encantaría dar voz a quienes no la tienen. Y con la interpretación pasa un poco lo mismo. El lunes hablas de filosofía, el martes de política, el jueves de genética y otro día eres el intérprete de Anthony Minghella cuando le hacen una entrevista en la radio porque estrena una película. Cada día es distinto.

E inevitablemente me he puesto a pensar en lo que me llevó a mí a estudiar Traducción e Interpretación hace ya 10 años, cuando casi me metí en Filología Inglesa porque, como decía Laura, me encantan los idiomas y tengo facilidad para ellos. Todo fue gracias a mi profesora de Francés, con la que había muy buen rollo. Un día me contó que ella tenía las dos licenciaturas, y al hablarme de esta otra posibilidad... lo vi claro. Aquello encajaba más conmigo. Pero lo que me hizo decidirme del todo fue a lo que podría dedicarme en el futuro, y es que yo me apunté a la carrera porque quería traducir novelas. Punto. No quería hacer nada más, lo tenía claro como el agua. Me fascinaba la idea de que, tras pasar un texto por mis manos, otras personas que no hablaban el idioma en el que estaba escrito pudieran disfrutar de la historia que se escondía en él. ¿No os parece una profesión la mar de bonita? ♥♥♥ Al final pasó lo que pasó, que al terminar la carrera me decanté por algo totalmente distinto (¿a cuánt@s os ha pasado esto?), pero si descubrí la traducción audiovisual y me picó el gusanillo fue gracias a aquello que me llevó hasta donde estaba cuatro año atrás. Me parece curioso cómo los libros llegaron a condicionar una decisión tan importante, que al fin y al cabo ellos fueran uno de los motivos por los que actualmente hago lo que hago. A día de hoy no he traducido ninguna novela (y a estas alturas no creo que lo haga), pero sin duda consigo aprender cosas nuevas cada día, y como decía Laura, cada día es distinto, cada día es interesante, y eso me resulta tremendamente enriquecedor.

No puedo más que cerrar esta entrada con un fragmento que leí hace un tiempo y que en muchas frases ha sido y sigue siendo como mirarse al espejo. Es de Antonio Muñoz Molina, y se encuentra en su novela Como la sombra que se va.

Mi hijo me cuenta cosas sobre su trabajo. Traduce subtítulos para documentales y películas de ficción. Hay temporadas en las que le llegan de golpe muchos encargos y tiene que pasarse jornadas enteras de doce o catorce horas delante del ordenador; otras veces se queda sin nada que hacer. Hay agencias que tardan mucho en pagarle o que le regatean. De vez en cuando tiene que subtitular películas para festivales de cine sanguinario y fantástico, y acaba estragado de tantas vísceras, espantado de la clase de público que alimenta monótonamente su imaginación de esas cosas. Pero le gusta descubrir películas minoritarias, de países improbables, que si no fuera por su trabajo no sabría que existen, y sobre todo documentales.

Le pregunto qué desearía en su trabajo, si hay algo que siente que le falta, si necesita dinero. Pienso en el descontento incurable que yo tenía a su edad, la sensación de estar atrapado en una vida y en una ciudad y en un trabajo que no me gustaban, el desasosiego de escribir, la sospecha de estar escribiendo para nadie, el encono de los deseos ocultos. Con una naturalidad que me sorprende, mi hijo me dice que está contento. Quisiera tener algo más de estabilidad pero no se queja. Hace cosas que le gustan y que más o menos le dan para vivir. Toca la guitarra en un grupo de música pop y está empezando a componer algunas canciones. A él y a su novia les gustaría quedarse en Lisboa, pero si ella no encuentra un trabajo tendrán que volver a Granada. Quizás está mucho más dotado para el disfrute tranquilo de la vida de lo que yo estaba cuando tenía sus años. Lo que más le gusta traducir son los documentales: de viajes, de vidas de músicos, de historia del siglo XX, de enfermedades, de descubrimientos científicos, de animales, de selvas, de expediciones polares, de investigaciones submarinas. Vive enclaustrado en cada uno de ellos durante los días que tarda en completar la traducción, y es como si viajara solo, sedentariamente, por mundos sucesivos, en su cuarto de la Alfama, horas y horas delante de la pantalla del portátil. Le aviso de lo que él sin duda ya sabe, el peligro de estos oficios en los que uno pasa demasiado tiempo a solas y aislado de la realidad exterior, en los que no hay horarios ni más disciplina que la que uno pueda imponerse, a no ser la disciplina angustiosa de los plazos que se acercan y el remordimiento de haberlo ido dejando todo para el final.

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